martes 16 de marzo de 2010

Cuando les preguntabas, todos decían que estaba loco. Pero él se levantaba pronto, hacia las ocho. El ritual debía ser impecable. Rictus permanente a la espera de saber dibujarse sus sensaciones en la cara o simplemente explotar. Se duchaba, se afeitaba y se peinaba con sobria concentración. Sus actos eran como los de un preso que no se acuerda ni de un mañana. Con la misma religiosidad se enfundaba los calcetines de punto a media espinilla, la camiseta de imperio, los pantalones con el dobladillo de la plancha marcado, zapatos de piel y la camisa virgen. Rápidamente, como si ni él mismo se quisiera ver, se tomaba medio vaso de agua con las pastillas para hacerle infranqueable a cualquier perturbación. Con la chaqueta de cuero, gafas de sol y apariencia de dandy a partir de veinte metros esperaba el bus en la parada. Cada día, a las 9 y a las 2. Ahí aguardaba. Fumando lo que podría ser su vida...
...algo ocurrió cuando entró en el bar. Pidió un vaso de leche y una pasta emborrachada de dramas de borrachos. Parecía un exloco. Pero quizá aún debía serlo, porque los locos de verdad están infravalorados. Al salir alguien le paró. Le habló. Claro que su rictus no estaba preparado para nada más que la apariencia de dominio escénico, pero fuese quien fuese esa mujer le despertó un calambrazo, desde su sien hasta los tobillos. Y yo pensé que todo lo que quería evitar era querer.