Suelo tener una sensación que me hace sentir imbécil en momentos ordinarios. Al subir escaleras, cruzar el paso de zebra, mear en orinarios públicos, firmar después de pagar con la tarjeta de crédito, entrar en un bar o encender el cigarro con alguien que te ha prestado fuego. Diria que son los momentos más largos de la historia. Se dilatan y son propicios a terminar mal. Es como si un estadio entero estuviese pendiente de cómo disparas a portería vacía esperando que la cagues.
Es después de estos momentos cuando pienso cómo debe de ser ser famoso. A veces he querido ser famoso y no ser reconocido y a veces he tenido la despiadada sensación de que todo el mundo me conoce porque no hago nada bien.
Entonces me siento mal, como si todo condujera a ninguna parte y ser una rockstar fuera la utópica solución a un estado de ánimo que no tiene vías de escapatorias artificales.
Querría ser una rockstar, como Kurt Cobain, Jim Morrison o Ian Curtis. Huir de mi miedo a la mediocridad. Tener esa mirada. Satisfacer a las masas mientras la mirada se mantiene fija allí, justo allí, en cualquier sitio donde el límite te impide llegar, aunque quizá fuera solo miedo a la gente.
Podría ascender meteóricamente desde cualquier antro. Mi talento podría ser un milagro y mi voz unos calzoncillos de seda. Sólo tendría que vestirme mal, tatuarme los brazos con cualquier referencia hindú, subir a los escenarios y cantar para todos esos jodidos fans que no saben cuánto duele un pinchazo.
Luego pienso que ahí fuera se podrían reir de mí. Podría salir en los Simpson o en South Park. Me podrían dibujar tirándome a niños y mi chófer podría chapotear en los medios de comunicación asegurando que mi padre era Guardia Civil, maltratador de perros o de las juventudes hitlerianas.
Pero luego sigo pensando y creo que los artistas no están citados sólo para comer. Hay algo en todo que me hace dudar y por eso admiro a los que van de rockstar pero no saben cantar ni tocar la guitarra. Creo que hay maneras de ser rockstar y sentirse especial al hacer cosas normales es una de ellas.
Es después de estos momentos cuando pienso cómo debe de ser ser famoso. A veces he querido ser famoso y no ser reconocido y a veces he tenido la despiadada sensación de que todo el mundo me conoce porque no hago nada bien.
Entonces me siento mal, como si todo condujera a ninguna parte y ser una rockstar fuera la utópica solución a un estado de ánimo que no tiene vías de escapatorias artificales.
Querría ser una rockstar, como Kurt Cobain, Jim Morrison o Ian Curtis. Huir de mi miedo a la mediocridad. Tener esa mirada. Satisfacer a las masas mientras la mirada se mantiene fija allí, justo allí, en cualquier sitio donde el límite te impide llegar, aunque quizá fuera solo miedo a la gente.
Podría ascender meteóricamente desde cualquier antro. Mi talento podría ser un milagro y mi voz unos calzoncillos de seda. Sólo tendría que vestirme mal, tatuarme los brazos con cualquier referencia hindú, subir a los escenarios y cantar para todos esos jodidos fans que no saben cuánto duele un pinchazo.
Luego pienso que ahí fuera se podrían reir de mí. Podría salir en los Simpson o en South Park. Me podrían dibujar tirándome a niños y mi chófer podría chapotear en los medios de comunicación asegurando que mi padre era Guardia Civil, maltratador de perros o de las juventudes hitlerianas.
Pero luego sigo pensando y creo que los artistas no están citados sólo para comer. Hay algo en todo que me hace dudar y por eso admiro a los que van de rockstar pero no saben cantar ni tocar la guitarra. Creo que hay maneras de ser rockstar y sentirse especial al hacer cosas normales es una de ellas.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada