jueves 13 de mayo de 2010

Las tres damas

Me metí en la cama e imaginé. Pensé en un tocadiscos en medio de la gran sala de un burdel. Pensé en cuatro damas danzando en el espiral hipnótico de una melodía hindú. Yo le preguntaba a una de las damas por qué estaban bailando y ella no me respondía. Sus miradas se deslizaban sobre algo intangible. Creían ver la melodía rodeándolas como un gran caracol de titán flexible. Creían ver a Jim Morrison convocando a la muerte como un chamán. El tocadiscos quedaba protegido por las espaldas con sabor a futuro minado de las damas. Sentí la música arder en las paredes, en mi vientre. La sentí entrar por la puerta grande como si fuera la ÚNICA esperanza.
Algo reanimaba a una luz roja invisible que cubría la sala desde fuera. Pensé que podía ser Dios aterrizando por encima del techo. Sin que eso supusiera un límite para él y sin que nadie tuviera que perdonar a esas damas. Las damas seguían bailando y yo empecé a andar. Paso por paso, en línea recta y con la misma sensación que Dylan cuando le llamaron Judas.
Creí meterme en el caracol de titán cuando una de las damas se acercó a mí. Nunca creí ver ese momento en el que abandonaba el baile por mí. Alguien lo había pulverizado para que no existiera o lo había robado para que no lo pudiera tener. La contemplé aceleradamente de cerca. Pero lo primero que vi fueron las piernas. Las piernas de un callejón sin salida, las de hacia ninguna parte. Las piernas más bien nombradas de la historia de las piernas. Las piernas que hacían inútil el resto de piernas bonitas y feas de la Tierra.
Miré su cara de ángel vulgar y me sentí feo, alejado de lo humano. Me dijo ven, acercó su mano a la mía sin apartar la mirada de mi alma, se giró para volver a danzar. De repente la mano me dolió. Tenía un cigarro encendido dentro. Decidí fumar el cigarro y era como fumar mi dolor.
El cigarro entre mis labios me convirtió repentinamente en alguien que no se asusta al ver una mujer desnuda por primera vez. Las damas seguían bailando y ahora lucían unos vestidos de un dorado pálido que morían antes de besar las rodillas. Seguían bailando y ahora me miraban todas excepto la que me había abofeteado con un cigarro. Su mirada decía algo así como haz lo que debes hacer y me sentí abrumado por no saber interpretar las miradas.
Así que todo lo que se me ocurrió fue sonreír en nombre de un dominio asustado con la intención de someterme al azar del dejarse llevar. Sentí la luz roja, ahora tan roja como la lengua de una serpiente, instalarse en mis pupilas. Escuché el ahullido de la aguja del tocadiscos. Lo escuché como quien escucha el gran cambio y deseé estar dormido para no tener que dar un paso más.

1 comentarios:

Mónica dijo...

Me gusta.
Eso es que tambien les ha gustado?