lunes 14 de junio de 2010

Juegan al fútbol en el pasillo. El balón es como un ascensor de hospital. Hay gol. El esférico se ha colado en la cortina del comedor. Tras la ventana los estorninos festejan. Parecen trompetas fumadoras con su ruido infernal. En la acera corren el tour. Mentes prodigiosas pervertidas por una jungla de sonidos que salen como una avalancha de un teléfono móvil. Es el canto de tres sirenas morenas con el pelo largo a una manada de búfalos adolescentes con forma humana, granos, pantalones anchos, gorras mal puestas. Ulises se ha ido olvidando su salud en los bares de las ciudades más pequeñas, donde hay camareras bonitas del este despistando a abuelos. Se pierden en una curva, en un gesto y es fatal cuando sonríen porque ya se han perdido el gol de su equipo. Pero entonces el día siguiente las camareras bonitas del este actuarán como si durante toda la noche hubieran estado castigadas de cara a la pared. Y eso qué más da, piensa un kioskero que atesora todas las colecciones de minibalones del Marca que sirven para jugar partidos de fútbol en pasillos.