lunes 25 de octubre de 2010
La ciudad vibraba como un subwoofer. Era como un terremoto imaginado por un optimista. Minutos más tarde se le añadió el sol. La sombra de un enjambre de ovnis en forma de flecha se comía el sol como si fuera un Babybel. Pronto se adivinaron las hélices, las colas, sus formas alargadas. Un ejército de espermatozoides voladores invadió la ciudad como los pájaros de Hitchcock. Parecían inofensivos. Cada uno de ellos tenía dos rayitas horizontales. Eran los ojos. Su boca se diferenciaba porque las rayas eran curvilíneas. Era la curva mínima, la suficiente para adivinar que los espermatozoides voladores eran inofensivos. Pero de repente algo trastornó su expresión. La curva de sus sonrisas se invirtió. Ahora eran como niños con una pistola en la mano. Sus cabezas se empezaron a hinchar. Se hinchaban tanto que no podían contener su altura. Ahora se alzaban como cohetes mientras sus bocas se abrían hasta parecer túneles. Y de los túneles salieron hombres disparados. Hombres bala que podían haber hecho turismo por el espacio hasta perder toda la inercia y empezar a caer. Hombres aún demasiado alejados de tierra para poder distinguirlos. Todos ellos desplegaron sus paracaídas. Empezaron a nevar hombres. Sí. Eran copitos gigantes vertiéndose por el cielo de la ciudad. A medida que caían se podían distinguir los unos de los otros. Todos mantenían un patrón. Hombres de entre 30 y 40 años. Todos con las patillas premeditadamente perfectas. Algunas patillas al estilo Elvis pero recatadas, como si vivieran en la época franquista. Otras rectas, como si las hubiera dibujado Kachinsky. También las había de poliédricas, diseñadas por Frank Gehry. Todas haciendo gala de la pluralidad de la perfección. Los hombres en cuestión vestían polos Adolfo Domínguez, camisas del Springfield, tejanos y zapatos seguramente caros. Muchos de ellos aterrizaron sobre las aceras, los otros en cruces de zebra con el semáforo en verde. A medida que iban cayendo se deshacían de sus paracaídas. A continuación, de dentro de la figura deshinchada del paracaídas cada hombre extraía un carrito de bebé. Eran rápidos montándolos. Parecían mecánicos de fórmula uno. Algunas mujeres maduras los miraban con un sucio deseo; otras, estudiantes de universidad, lo hacían des de una perspectiva idílica, aunque el resto de habitantes ni tan siquiera se percataron del aterrizaje masivo. Y sí. Era la invasión de padres, que se desplegaba de nuevo puntual. Unos padres que no tardaron en coagular por las venas y arterias de la ciudad. Eran las cinco de la tarde.
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3 comentarios:
Me sigue gustando!
En Magnolia caían ranas del cielo :O
en Tarragona dicen que hay lluvia ácida, pero el Decathlon sabe que es isostar
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